Sí, ayer soñé, creo que ese estado de
inconciencia es el mas acertado para evadirnos, pues bien;
Estaba en unas rocas afiladas del mar, que
como un golfo lo rodeaban, la pendiente era inmensa y solo más y más rocas
hacían de escaleras, presente una muy amiga mía, que me confiaba de las olas a
las que yo temía. Tan solo me cubrían los tobillos, ni siquiera rompían espuma,
pero algo, algo evocaba miedo, algo las hacía peligrosas.
De repente ví a dos niños rubios que provenían
del lado opuesto, uno de 4 o 5 años, el otro no llegaría a los 2. Estaban
saltando como bufones, toreando a todas aquellas rocas afiladas, el problema
parecía el mar, pero también lo era aquella increíble pendiente. Pero confiados
más que ningunos empezaron a descender queriendo llegar al mar, el cual estaba
mucho mas debajo de lo que cabía esperar. El niño mayor bajo y con suerte llego
a la orilla y despreocupado de la marea que se avecinaba, jugaba con conchas de
colores. El niño de dos años se encontraba con migo, me miro a los ojos
quitándome la vida, me estremecí, y con un silencio se dispuso a bajar. De
repente resbaló, no me acuerdo de cómo fue pero de la manera mas violenta
golpeando su cabeza contra las rocas, yo le cogí de la mano, y de tan pequeña
se me escurrió, lo ví morir, lo ví caer junto a sangre, y ví como una ola lo
engullía, solo por mi culpa. Y lo sorprendente es que ni me inmuté, y tampoco
se inmutaron ninguno de los demás que estaban allí, éramos muchos, demasiados
para que ninguno rompiese a llorar. Luego el tiempo pasaba y yo solo miraba al
vacío de aquel mar.
Llego un tren, así como así, formaba su vía
según la iba recorriendo, y llego a pararse justo sobre el mar en el centro de
nuestras miradas, allí abrió una puerta, y el maquinista empezó a arrojar niños
al mar, unos nadaban, otros simplemente se ahogaban, pero todos los que
estábamos allí lo veíamos como algo normal. Y lo era, era normal para todos, el
maquinista tenía allí la parada, no en otro lugar, y el que no hubiera estación
ni vía no era su problema, el tenía el tren, el tenía los pasajeros. Los cuales
parecían ser los únicos de ser concientes de la muerte, de la tristeza y de sus
propios llantos, mientras, yo seguía observando como uno a uno se los comía el
mar tarde o temprano. Entonces el maquinista se giró y cogió un recién nacido
como si de un perro se tratara, sujetándolo por la piel de su pescuezo. Una
anciana nadaba tranquilamente por la zona, y un poco de compasión hizo que el
maquinista ofreciera al bebé a esa anciana, que debía llevarlo a otra orilla,
pero como si de un ultraje se tratara, la vieja huyó por la negación, con su
orgullo dañado, altiva, como no.
Un electroshock recorrió mis venas, y recuperé
el habla, el sentir y la constancia.
No lo pensé, me tiré al mar sin preámbulos y
fui a donde el tren, y cogí a ese bebé al que no se le daba siquiera la
oportunidad de saber nadar.
Una vez mas la sordera de mi madre me levanto
por su alto tono de voz.
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