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viernes, 23 de febrero de 2007

Ayer soñé





Sí, ayer soñé, creo que ese estado de inconciencia es el mas acertado para evadirnos, pues bien;
Estaba en unas rocas afiladas del mar, que como un golfo lo rodeaban, la pendiente era inmensa y solo más y más rocas hacían de escaleras, presente una muy amiga mía, que me confiaba de las olas a las que yo temía. Tan solo me cubrían los tobillos, ni siquiera rompían espuma, pero algo, algo evocaba miedo, algo las hacía peligrosas.
De repente ví a dos niños rubios que provenían del lado opuesto, uno de 4 o 5 años, el otro no llegaría a los 2. Estaban saltando como bufones, toreando a todas aquellas rocas afiladas, el problema parecía el mar, pero también lo era aquella increíble pendiente. Pero confiados más que ningunos empezaron a descender queriendo llegar al mar, el cual estaba mucho mas debajo de lo que cabía esperar. El niño mayor bajo y con suerte llego a la orilla y despreocupado de la marea que se avecinaba, jugaba con conchas de colores. El niño de dos años se encontraba con migo, me miro a los ojos quitándome la vida, me estremecí, y con un silencio se dispuso a bajar. De repente resbaló, no me acuerdo de cómo fue pero de la manera mas violenta golpeando su cabeza contra las rocas, yo le cogí de la mano, y de tan pequeña se me escurrió, lo ví morir, lo ví caer junto a sangre, y ví como una ola lo engullía, solo por mi culpa. Y lo sorprendente es que ni me inmuté, y tampoco se inmutaron ninguno de los demás que estaban allí, éramos muchos, demasiados para que ninguno rompiese a llorar. Luego el tiempo pasaba y yo solo miraba al vacío de aquel mar.
Llego un tren, así como así, formaba su vía según la iba recorriendo, y llego a pararse justo sobre el mar en el centro de nuestras miradas, allí abrió una puerta, y el maquinista empezó a arrojar niños al mar, unos nadaban, otros simplemente se ahogaban, pero todos los que estábamos allí lo veíamos como algo normal. Y lo era, era normal para todos, el maquinista tenía allí la parada, no en otro lugar, y el que no hubiera estación ni vía no era su problema, el tenía el tren, el tenía los pasajeros. Los cuales parecían ser los únicos de ser concientes de la muerte, de la tristeza y de sus propios llantos, mientras, yo seguía observando como uno a uno se los comía el mar tarde o temprano. Entonces el maquinista se giró y cogió un recién nacido como si de un perro se tratara, sujetándolo por la piel de su pescuezo. Una anciana nadaba tranquilamente por la zona, y un poco de compasión hizo que el maquinista ofreciera al bebé a esa anciana, que debía llevarlo a otra orilla, pero como si de un ultraje se tratara, la vieja huyó por la negación, con su orgullo dañado, altiva, como no.
Un electroshock recorrió mis venas, y recuperé el habla, el sentir y la constancia.
No lo pensé, me tiré al mar sin preámbulos y fui a donde el tren, y cogí a ese bebé al que no se le daba siquiera la oportunidad de saber nadar.

Una vez mas la sordera de mi madre me levanto por su alto tono de voz.

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